PAPIROFLEXIA DEL HOMBRE TRISTE.

 

     Un ticket arrugado tirado en la calle es lo que más se asemeja al estado de tristeza. Algo inservible que persiste en existir, que no deja de voltear en el juego del viento. La realidad te lleva de un lado a otro, sin compás, sin paso firme porque tu voluntad se encuentra en "estado purgatorio". Únicamente, esperas encontrarte un poco mejor, para hacerle frente a ese insistente viento que no para de elevarte torpemente y dejarte caer. Sacudidas que convierten mi mente en ensalada de un menú de carretera donde no hay ningún deleite, sólo tragar, de la misma forma que los múltiples nudos que se me encajan en la garganta como nidos de desesperación.

      Pobre hombre triste que te veo pasar con una barra de pan que compras antes de cerrar y que será tu único alimento. ¿Cuánto habrás tenido que meditar para atarte las zapatillas? ¿Hoy no has tenido la fuerza de encajonarte un pantalón y sales con pijama, aunque disimulado, con un abrigo? Agarras tu pan como el desahuciado lo hace con la botella. Necesitas apretarlo fuerte para que la realidad no revienten  tus tímpanos, que dejaste de utilizar hace bastante tiempo porque no hay nada que capte tu atención, todo lo contrario, te molesta como acto de agresión.


     Tu casa es lo más parecido a un búnker pero el ambiente es demasiado asfixiante hoy, por lo que dejas el pan, que endurecerá otra vez más, y te echas a dormir. Agotado por la actividad tan ridícula de ir a comprar algo. Tan simple, pero toda una gesta. Eso hace sentir aún más la pesadumbre de la derrota, una gran humillación. El ticket arrugado logra penetrar en una alcantarilla cualquiera y caer más hondo, en un color más negro. Ojalá que el destino te reserve una esquinita que permita terminar de consumirme, solo y sin azúcar.

     Es lo más placentero que puede sentir el hombre triste, un rincón, que poco le importa si es cómodo o no, pero si oculto, desapercibido, donde el aire ni llegue. Quedarte ahí con tu mente en blanco y dejar que la vida pase porque no soportas su dolor. Vivir es dolor y eso es lo que tus sentidos te devuelven, dolor. ¿Cómo curarte de eso? ¿Cuándo comenzó todo?...

     Una mala experiencia o un determinado complejo no puede llevarte a ese estado catatónico ¿Por qué no respondes al balanceo del viento que tanto te marea y te confunde? ¿Y por qué no conviertes el trozo de papel arrugado en un bonito pájaro y lanzas el vuelo? ¿O en un dragón y quemas tus demonios?

     Tienes que reaccionar, porque el subsuelo y su naturaleza están pactando devorarte, tu final está más cerca de lo que crees. ¿Vives o mueres? Ya has llegado a la conclusión que todo ser humano tendrá que plantearse alguna vez, iniciar el camino hacia la bifurcación trascedente, donde ya no hay retorno posible.


     El hombre triste arrincona sus aristas, prescinde de todo el pesar que le hace sentir pequeño y aplana su mundo prescindiendo de cordilleras, valles o ríos para mirar un horizonte sencillo pero infinito con múltiples posibilidades de vuelo, como las dobleces del papel arrugado que será pájaro para escapar del búnker, como tantas veces el hombre triste lo vio atrapado en un gran almacén. Trepó por las estanterias, conduciendo al gorrión despistado, pasillo tras pasillo, a la salida, a la libertad porque allá fuera se encuentra todo, frente a la mirada perpleja de los consumidores desatados y el seguridad, que comprende lo que está ocurriendo. 

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