El idilio de Superman y Daryl Hannah

 


      Empecé a verte por los aires como el centinela que me iba a proteger. Mi "Hello Mundo Cruel" no fue suficiente. De nada me servía madrugar más que los demás; el ejército enemigo adoptaba la misma posición, el de un escaparate de maniquíes. Salir del portal, dar los primeros pasos muy lentamente, acelerar la marcha y correr al grito de "maricón" era el amanecer habitual. Palabra ésta resonante como el grito de Munch, que todos escuchaban como el eco de un sintetizador musical. No tuve más opción que ponerme una montura con cristales de asfalto, para que ningún maniquí de esos escaparates viera caer lágrimas y sumasen otros delirios en forma de carcajadas. Así resultó ser mi camino hacia el colegio.

     "¿Qué hacer con las manos?" pensaba. Son el gran signo que me delata ante los demás, la alarma de unas manos lánguidas, ligeras y opuestas al movimiento rítmico de la marcha militar. Si las ocultaba en los bolsillos, me arriesgaba a que un empujón me llevara al hospital para arreglar algo que no tenía solución.  Sanar esta maldita "enfermedad" a través de inyecciones, suturas y supositorios. ¿Curarían mi diferencia? NO. La Ciencia fallaba y su única utilidad era dejarme cicatrices y abrir el apetito como a tantos y tantos infantes de mi generación, mariquitas y no mariquitas.

     Empecé a mirar a los Cielos porque estaba seguro que Superman me iba a llevar con él. Él me salvó de clavar la vista al asfalto y sustituí los cristales de alquitrán y adoquines por ojos de margaritas. Si, "Ojos de Margaritas" que buscaban en el azul o en la tormenta al hombre de la capa, al protector de los que, como yo, estaban en peligro mortal. Los tropiezos blanquearon mis punteras y las pisadas de mierda de perro los volvían a teñir. Debía no mirar tanto al cielo,  ser más precavido para que nadie se diera cuenta que Superman me rondaba.



     Quise besarte desde el principio. Mi primer amor fuiste tú y, desde los balcones a la infancia, sin miedo, te miraba sin límites. Tú jugabas con las golondrinas que vestían la cal con sus antiguas arquitecturas y yo, ahí estaba, enrejado, sí, pero con mente libre.

     Este amor que sentí por ti me hizo querer ser otro ser. Superman jamás me besaría porque yo era otro hombre; mis genitales así lo decían, pese a que los maniquíes vocearan lo contrario. "¿Cómo no desear ser mujer?" Si todos me lo decían...y si yo amaba al héroe, por fuerza tenía que ser lo más parecido a Lois Lenn…

     1985 fue un año inolvidable para mí: vi por primera vez el mar y supe de la existencia de las sirenas. Yo era una de ellas porque mi piel mutaba con el contacto del agua salada. Mi madre me obligaba regresar a la sombrilla para no quemarme. Con mucho esfuerzo, a causa de mi transformación, debía llegar desde la orilla a la sombrilla. "Deja de hacer la serpiente" -gritaba, empeñada en verme como un reptil cuando yo era un ser espectacular; Daryl Hannah estaba en Torre del Mar (Málaga) y había asesinado a Lois Lenn…

     Splash era y es pura belleza. Alta, melena rubia, cuerpo atlético que sustituía a las rechonchas Nancys de mi hermana y, es verdad, yo era algo distinto, renovado. Daryl Hannah frente a la Nancy tenía todos los rounds a su favor. La sirena sustituía a todas esas mujeres del Evangelio "los niños con los niños y las niñas con las niñas". Yo, ya me sabía más que diferente y por eso, debía ocultarme de cualquier escaparate, pese al empeño en llamarme "serpiente".



     "Otra Vez", la pesadilla del videoclub por alquilar siempre la misma película. No se me podía pasar cualquier detalle de Splash o Madison o Daryl Hannah porque yo era ella para enamorar a Superman. El conjuro ya estaba hecho y no podía fallar: el héroe no se podía resistir a la sirena y tendría que descender a los balcones de cal para llevarme a los cielos. “¿Cuántos sobresaltos no me habré llevado por inclinarme tanto al borde del balcón para que me atrapara?” Diálogos aprendidos antes que las tablas de multiplicar, cortinas corridas de la bañera para dejar que mi piel mutase y desprecio a las Nancys que, por cierto, tanto alegraron a mi madre y hermana.

     La profundidad de los ojos azules de Daryl y los míos Kryptoníticos hicieron caer rendido al héroe a nuestros pies. Ya en tierra, me lo tragué como buen reptil y lo trasladé allá donde van las emociones, al corazón que palpita y donde también se desencadena un revoloteo universal de golondrinas en el estómago, no las mariposas, por favor, me dan pavor.

     El ser mitológico, el héroe y yo, nos convertimos en una tríada divina donde pudimos pasear por los mismos escaparates de la realidad, de aquellos que te dicen lo que debes ser o incluso, lo que esperan de ti. Ser un maniquí inmóvil, sin cambio, aburrido como los demás, sin ir más allá de una renovación de temporada. Madison y, Clark, que me sostenía en sus hombros de acero. Desde entonces y ya en edad sobradamente adulta, el cristal me devuelve mi reflejo dotado de masculinidad y de feminidad haciéndolo más poderoso gracias a mis ojos de margaritas…

 

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