YO TE AMO.

 

    Esta entrada podría ser un segundo capítulo de la publicación anterior. Líneas escritas que brotan de la infancia. Un tiempo que fue lienzo blanco, donde plasmamos formas y colores, con el pincel de la imaginación. Rechazamos la hostilidad y afirmamos que pasará, como un mal sueño. Dibujos que, tal vez, se materializarán en la edad adulta para entender, ser más libres, tomar decisiones, e incluso, huir a islas más afines… Pero no nos engañemos, la madurez decepciona mucho, porque no existe o nos olvidamos de ese papel blanco, de la capacidad de los primeros años, nuestro único paraíso. Pese a ello, yo quiero reconciliarme con él, a través de la pastilla, que llamamos melancolía.

     Sentimiento raro donde recreamos aquello de lo que huimos y que nos traslada, directamente, con un aroma. La melancolía está empeñada en que haga las paces con mi pueblo: calles, monumentos, parques, tejados, y personajes particulares, que iban desde la solterona, que se zambullía en su ajuar pristino, al maricón de la villa. Afeminado de párpados caídos que “andurreaba” tarareando coplas, cuando iba a tomarse un café o comprar el pan. Una bata de cola imaginaria, surgía en mi cabeza, para dar estabilidad a su caminar inquieto. “Malditos adoquines” – escuché alguna vez, cuando se le torcía un tobillo, dando piruetas con tal de no caer en la acera de enfrente.

      La calle era suya y no temía las carcajadas de algunos vecinos, allá por donde pasara. Caminar, para él, era subirse al escenario de la autenticidad, al despliegue de su personalidad, para bajar después, y recibir, a modo de aplauso, un ojo morado. Dolor que cubría con maquillaje, dolor que dejaba de existir.  “Por lo menos, ya pasó eso de ir al calabozo y dejarme un hematoma en el otro” -decía a modo de consuelo.   

      Debió ser durísimo el “vía crucis” de la Pasión. Sin embargo, la humillación y el rechazo, dan un poder inusual, que no es otro, que el de la supervivencia.  Aun con ojos morados, el maricón del pueblo, sabía quién era, se quería, se perdonaba y se aprobaba. Yo imaginaba que sustituía la bata de cola, por la de un pavo real, firme, espléndida y de colores imposibles. Se reafirmaba, porque, a pesar del dolor, se negaba ir por carreteras secundarias, como hicimos otros menos “cantosos”. La pluma te saca involuntariamente del “armario” desnudo y vas forjando una armadura, con el transcurrir de los años.


       Yo los miraba por el rabillo del ojo porque me interesaba hasta las colillas que tiraba al suelo. Su ropa ajustada me hacía adivinar el cuerpo masculino y me hacía palpitar. Era mi objeto de deseo que se siente desde muy antiguo, quizá desde el vientre materno. Es un instinto animal que no sabes exteriorizar pero que está ahí, latiendo, y que se acelera, no con una mujer sino con un hombre. No hay más explicación, así de simple. Sentía excitación, ahogo.  Palabras que utilizo ahora pero que, en la infancia, se reducía a “me encuentro entre iguales”.

      Desde entonces, supe a qué me iba a exponer y no quería, en absoluto. El disimulo como castillo de naipes, se volatilizaba siempre en el colegio: malo en deportes por sentir miedo de tu cuerpo, negarte a salir a la pizarra, ser el último en cualquier cosa, o ponerte rojo rojísimo cuando salía a relucir las andanzas de tal o cual homosexual. Simplemente, desaparecer. Así un día, otro y el siguiente…Que no se acercasen a mí porque están destrozándome la vida. Los chistes de Arévalo, el vecino del quinto, Pajares y Esteso…actuaban como francotiradores haciendo el blanco perfecto. Eran los fines de semana de videoclub o los cassettes durante un viaje familiar.

      La mente se acostumbra a vivir bajo el miedo, a un perpetuo estado de alerta, para cuando tengas la ocasión, utilizar el disimulo y que tus referentes sean los machos de turno e imitar su “postureo” aunque te viniesen arcadas. Manipular el tono de voz, no cruzar las piernas, evitar la muñeca rota. Me emociona recordar todo esto, me hace sentir una enorme tristeza cuando la única obligación que tenía era la de jugar, obedecer a mis padres e ir a misa los domingos porque en breve haría la comunión.

      Todo ese mundo interior hizo desarrollar la inteligencia, como el “Homo Habilis” que, al verse en una encrucijada evolutiva, hace 2,5 millones de años (no podía masticar la vegetación de la sabana por el cambio climático), tuvo que recurrir a la creatividad a través de los guijarros tallados para triturar el alimento y no extinguirse. Su debilidad se convirtió en un arma para sobrevivir. Ante un entorno hostil, desarrollamos capacidades como bálsamo del inconsciente. Aprender a reflexionar, tener sentido de la justicia, empatía hacia los desfavorecidos, y un espíritu de rebeldía, ante el cansancio de fabricar “otros yo”.

     



El mundo de la pluma, recuperado por María Jiménez cuando “cantó por Sabina” me trasladó a ese disfraz de pavo real que imaginé de niño como autodefensa y reafirmación del homosexual de turno. La pluma como identidad, como orgullo, dando una respuesta fulminante al francotirador y recuperar el terreno perdido, el pueblo.  

      Los chistes de Arévalo eran “alquitranados” por Paco Clavel en televisión. Sus looks eran como vaciarte el armario y el cajón de la cubertería al mismo tiempo. Estaba claro que venía pisando fuerte y entendimos su mensaje. A la mofa replicamos un “¿Por qué no te callas?” como el Borbón. Todo un personaje entrañable que jamás levantó su voz porque su físico era su pancarta. Paco Clavel no abrió camino, sino una autopista profetizando todo lo que iba a llegar.


Comentarios

  1. me encantaron tus palabras, espero que sirvan para dar visibilidad a todos los problemas que acarrea tener una orientación u otra.

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