CASI ME HE CREIDO QUE ME QUIERES (PARTE I)
Te conocí pintando un mural que iba a decorar el salón de actos para representar playbacks de artistas patrios (Conchita Piquer, Lola Flores…) y con incorporación transatlántica de Antonio Machín y sus gardenias. A la profesora, se le echaba el tiempo encima y tuvo que recurrir, a conocidos para terminar aquel decorado, incluidos los actores con su barroquismo de volantes.
Te vi. Fue adrenalina pura, mi corazón explotó y despertó
a una bestia desconocida, el deseo.
Cuando la belleza no es tu arma más
poderosa, debes desarrollar otras habilidades, para tener una mínima garantía de
éxito en aquello que persigues. En un segundo, me convertí en el Rivera
muralista, esposo de Frida khalo, o el mismísimo Dalí, que durante su estancia
en New York, fue colaborador del mismísimo Walt Disney. “Qué bien dibujas”
-afirmaste, a lo que respondí “No es para tanto”, como siempre ayudándome.
Supongo que mi ser insignificante ante ese “talento” que viste en mí, fue lo
que nos hizo conectar. Tu inmensa humanidad, mi necesidad de ser rescatado y un ligero mareo por el olor a pintura, hizo el resto.
Nos tomamos un descanso. El mundo se paró,
y nos bajamos los dos. Cuánto romance y poesía había en cada uno de nuestros
roces, resultado de los juegos de expresión corporal en clase de teatro. Mi sistema
circulatorio y nervioso se solapaba al tuyo, como tela de araña o costura en un
dobladillo. Sin embargo, compartir un cigarro fue lo más cerca que estuve de
tus labios. Tú me preguntabas “¿Por qué lo mojas?” y yo pensaba “Para envenenarte de mí”. Pese a esos límites, yo estaba convencido que
me amabas. No podía ser otra cosa, el teatro me dio una confianza inusitada, un
genio de la lámpara que haría realidad cualquier deseo por imposible que
pareciera.
Tú y yo, ojos con ojos, tumbados en
penumbra, frente a frente, con la agitación de una tímida luz de vela, como mi
desasosiego, expresión inquieta de sombra chinesca “¿Por qué no me lancé?”. Tú
me amaste, pero tuviste que buscar al incrédulo de turno para que te dijera “a
ti no te puede pasar eso”. “¿Por qué no te besé aquella noche? ¿Por qué siempre
el miedo?” No sentir aquella noche tu boca me hizo caer en la locura, borrando
de un plumazo al genio o pisando margaritas…
Mi única paz, a partir de ese momento, fue
el sueño creativo temporal, que me hacía regresar al mismo sinsabor cuando
despertaba, y ser tu silbido madrugador, para no perdernos la clase de las ocho
y media, cuando lo que quería era meterme en tu cama, atraparte en mi tela de
araña y relatarte todo mi susubconsciente. Enfados para liberar la ansiedad y arrastrarme
a tus pies para agotarme, insistiendo en noches de estudio, quedarme despierto
y acariciar tu cuerpo. Los masajes juveniles absurdos para ir a ese más allá
rebelde del sexo. Como se secaba la boca cuando mis manos se posaban en tu
piel. La bestia te la podría haber arrancado, masticarla en éxtasis caníbal. Que gozada cuando me aproximaba a tus partes
íntimas, porque si llegaba hasta allí, sin que tú protestaras, tendría la
garantía del éxito, la consumación, el antes y después en nuestra vida,
traspasar lo prohibido de los demás…pero tú te envolviste en un edredón para
las noches de verano y apagaste la vela…
Nunca imaginé que pudiera doler tanto. La
herida del desamor. Incluso hoy, noto su recuerdo como una mala postura. Es un
hachazo que parte por la mitad y, desde ese instante, te conviertes en una
sombra andante, porque tu ser, ya no te pertenece, no existe. Yo corría con
tanta angustia que me evaporaba, para ser nube sobre tu cabeza y atormentarte
para que no te libraras de mí.
Nube tóxica cuando apareció tu primer amor, y mientras lo vivías, lo saboreabas, yo lamía mis heridas y fumigaba a las malditas margaritas “¿Por qué no me ayudaste a salir de ti?” Tú repetías que no sentías lo mismo, que era amistad “¿Y por qué me acaricias? ¿Por qué me abrazas como si no existiera un mañana? ¿Por qué estarías conmigo si el planeta mañana explotara? ¿Por qué me pides con lágrimas en los ojos que no desaparezca de tu vida? ¿Por qué…?” (fin de la primera parte)
Comentarios
Publicar un comentario