COLOR AZUL
Allí a lo lejos podía ver su silueta hasta que se lo tragaba la noche. “¿Podré verle aunque sea a la misma distancia?”. No. Nunca era el mismo. Su vestimenta hacía combinaciones de color que me fascinaban y poco importaba que su elección fuese el negro, porque sus ojos eran ascuas, el mismo Dios Sol, que te advertían, mantenerte inmóvil pues de lo contrario, al más leve parpadeo, desaparecería como un fantasma. Muchas veces intenté aproximarme con sigilo, fundiéndome con la hierba, pero el brillo de mis gafas, terminaban por delatarme. Otro día será, otro regreso a casa con la ropa teñida de verde mientras mi madre, gritaba desde el balcón, mi nombre.
Alguna que otra noche, se atrevía a circular por las calles
del pueblo, camuflándose entre las sombras, sin descuidar, hasta dónde
alcanzaban la luz de las farolas. Tenía un claro cometido: buscar algo de
comida y desaparecer. Si escuchaba pasos, se quedaba paralizado, sin capacidad
de reacción, temblando, como otra bolsa de basura agitada por el viento.
En aquellas noches de voyeur, palidecí al ver las heridas de un cuerpo castigado como si se tratara de un Cristo crucificado. Una piel pegada directamente al hueso, heridas de lanza, mirada de cansancio…Pese a la pesadilla de su existencia, no perdía la singularidad de su belleza pretérita de danza clásica y movimientos de pasarela, seguro y elegante.
El galgo se convirtió en el ser más especial que dio la
Creación. Todo un enigma para mí en todos los sentidos. Siempre contemplado en
la lejanía como si se tratara de la obra de arte más delicada y, al mismo
tiempo, tan maltratada. Siempre mirando su sombra por si aparecía otra. Daba
igual quién se acercara, el galgo desaparecía como el correcaminos, siempre solo,
siempre derrotado.
Y que manía tiene el ser “español”
con destruir aquello que nos hace ser únicos…
El Arte es la máxima expresión del ser humano. Un cuadro nos
permite ver la genialidad de nuestra especie, la mejor herencia de nuestro
pasado, la conmoción emocional de los girasoles de Van Gogh, la sonrisa de Mona
Lisa, o el horror de las pinturas negras goyescas. Los grandes pintores sintieron
esa necesidad de trascender. Y ahí estaba el galgo pues no hay obra de alta
alcurnia en que no aparezca. Los pintores, dotados de esa providencia,
quisieron crear un tema o género pictórico, representando al lebrel. Claro,
esto son conjeturas mías, pero me gusta ver el mundo a mi manera.
El galgo fue sumando a sus cualidades, el refinamiento de
las más notables Casas Reales. Como ya he mencionado, una elegancia de pasarela
y digno de ser pintado por los grandes maestros de todos los tiempos y de la
sociedad más distinguida. Desde los faraones hasta Meryl Streep, que se
trasladó al África profunda, apreciaron a este animal. Ressendi, pintor sevillano
del siglo XX, confirma mis palabras.
Ignoro cuando la historia empezó a cambiar. Supongo, en mi
mente maligna, que cuando el pueblo accede a los manjares, los engullen sin
saborearlos. Así, los galgos de mi infancia aparecían como supervivientes de
las fauces del cazador de turno, destruyendo su nobleza, su sangre real, por
puro complejo de inferioridad. Somos españoles, apasionados, para lo bueno y
para lo malo. Dispuestos a contemplar la belleza de una playa y, al mismo,
tiempo, arrasarla con la fiebre del ladrillo.
¿Por qué aparecían ahorcados como el Judas traidor? ¿Por qué
llenaban las perreras? ¿Por qué ese sadismo lanzándolos a pozos…?
Pude acariciar al
primero, gran ejemplar, según su dueño, pero encerrado en un “cortadillo” a
pleno sol y rodeado de moscas, pan duro, y un cubo de agua verde. Pese a la
porquería, me tiré al suelo y dejé que él se acercara a mí. Quería que el
momento fuera perfecto, sin avasallar, porque es una pieza delicada, un encaje
a punto de deshilacharse. Se acercó, me olfateó y descubrió al chaval de ropa
teñida de verde que se arrastraba en la hierba.
Sus ojos me hipnotizaron ¿Habéis compactado ambas miradas en
línea recta? Es pura magia. Todo su
cuerpo se enroscó al mío en un abrazo perpetuo. Su torsión como una “constrictor”
pero sin agresividad. Que placer ser acariciado, ser besado, ser amado. Por fortuna,
he experimentado este sentimiento en todas sus variedades, pero en los animales
y, en especial, hacia el galgo el corazón se expandía, creando una cúpula de protección
de mundos marcianos, donde los rayos solares de julio, no podían traspasar.
Los galgos salvaron mi vida y decidí salvarles la suya. Recuperé
una faceta que me hizo muy feliz de niño y que, por circunstancias abandoné: el
dibujo. El corazón volvía a palpitar, sintiendo el desasosiego del creador.
Pintar galgos para sacarlos de las perreras, ya fuera en camisetas, o en lienzo.
Y cuando no era suficiente, por el abandono masivo, algún amigo europeo, nos
estrechaba la mano.
Todos los que nos dedicamos a ser “rescatistas”, olíamos la
muerte en cualquiera de esas jaulas. Un frío metálico casi polar sin atisbo de
esperanza. Almas rotas con mirada hueca dirigida hacia la pared del “chenil”. Se
dejaba morir, desaparecía el temblor del miedo, frío o hambre. Eran sus últimas
horas de vida en la jaula. La jaula, el zulo, único lugar donde un galgo pudo
descansar, por fin se sustituía por los cómodos asientos del coche o de la cama
improvisada del maletero. El galgo recuperaba su dignidad con un sueño de color
futuro.
El galgo es azul, igual que J.J. Benítez describe a Dios. No
hay nada más que acercarse a ellos para sentirlo. El océano o un cielo
despejado tiene la misma profundidad que su mirada. El lenguaje del delfín, la
sinuosidad de un felino, y la velocidad del águila imperial. Las aguas mansas
del descanso y la resistencia del esclavo. El abrazo del cuerpo al completo y
sus capítulos vitales marcados en cada una de sus costillas y eslabones de su
columna vertebral. De sangre azul, recuperando el trono perdido de un sofá para
recibir audiencia.
Y es aquí donde subo un nuevo peldaño, que surge, cuando
marcamos un cambio de rumbo, encontrando la esencia, lo puro, el sentido: la
felicidad. Aquí encontré la mía ¿Dónde se encuentra la tuya?
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