CAMINAR POR PLUTÓN.
Caminar por Plutón.
Lejano y de poca categoría es Plutón. Un “planeta enano” que
abarca la mitad de los EEUU, inmerso en una edad de hielo permanente.
Insignificante, frente a la exuberancia del Universo, similar a una neurona
apagada del mapa de autopistas que componen nuestro cerebro, un astro de carne.
La ciencia me permite hacer esa comparativa, al menos visualmente, pues, es
difícil diferenciar ambas realidades: el universo y nuestro cerebro activo en
una fotografía. ¿No seríamos nosotros un Dios que rige todo ese entramado
neuronal de la misma forma que algo superior domina el campo astral? El
universo, la vida humana ¿qué sentido tiene? ¿Qué utilidad? ¿Qué fin persigue?
Luces, movimiento, expansión, distancia y belleza es lo
máximo que da mi “entender”. Mirar a la noche estrellada y sentirnos tan
abandonados ante ese gigante que llevamos sobre nuestros hombros. La Tierra,
nuestro planeta, la naturaleza, como microcosmos de la inmensidad. Por poner un
ejemplo un poco loco ¿No hay conexión entre las marismas de Huelva y el diseño
de nuestro cerebro? ¿Y las neuronas como noche galáctica? …
Un escalofrío me recorre desde la nuca hasta los pies ante la
falta de respuesta. Es un rayo, y surge una nueva comparativa, esta vez con
nuestro sistema circulatorio. ¿No es este fenómeno eléctrico una arteria? ¿No
es la energía que precisa el motor neuronal?...
La mente de nuevo. La mía propia como mota de polvo
planetaria: lejana, insignificante y misteriosa, todo a la vez. En su pasado
más remoto, Plutón debió ser distinto, pero debió sufrir un colapso que lo dejó
helado girando y girando… como mi razón.
Ese día vi un fogonazo, una luz cegadora, devastadora como
asteroide que puso fin a la Era de los dinosaurios. Mi cerebro estaba tan
activo, tan desatado sumido en “alta tensión” que reventó. Cuando esto ocurre,
no hay marcha atrás, no hay regeneración, de la misma forma, que los
dinosaurios no volvieron. Se extingue tu “yo” de antes y orbitas en una nueva elíptica:
la enfermedad mental.
Plutón se desmarcó del resto de planetas, volviéndose más
diminuto, lo más cercano a una salpicadura de aceite en la prenda más preciada,
denigrándola. Una mancha, la peor versión de uno mismo, lo feo. Dónde alguien
podía ver belleza en algún accidente geográfico “plutoniano”, yo lo liquidaba
triturándolo en arena, en más polvo.
La depresión es una panorámica de tonos grises que mutan
durante los días, semanas o meses, cobrando fuerza el negro o el blanco, nunca
el color. Petróleo y alud combinados en extraña danza que origina un dolor en
ninguna parte y en todas a la vez. ¿Cómo es un dolor que no tiene signo? Una
infección bucal, una fractura de alguna extremidad se ve, o cualquier otro, aparece
en una prueba médica. El dolor del alma es una tormenta encima de la cabeza
cuando estás desnudo. Tu “yo” antiguo se difumina hasta desaparecer, como agua en
el cristal.
¿Era mejor tu “ser” de antaño? ¿No podría ser la enfermedad
mental un aviso radical de que algo no marcha bien? Sea como fuere, no hay
cambio de ruta. Se te abren vías de un futuro paralizante a base de rectas,
monótonas, aburridas sin rasantes tendentes a la sorpresa. Si la cara es el
espejo del alma, comienzas a utilizar gafas de sol para que nadie se percate de
tu vacío o, en el caso de estar despistados, lo puedan descubrir. Tu rostro se convierte
en una caricatura alargada y plana como el horizonte gris. No obstante, cuando
desaparecen los síntomas más dolorosos, aprendes a vivir un futuro corregido.
La medicación, como sedante al dolor, seguida de mucha
reflexión que aconseja cambiar la marcha en nuestro caminar, podar nuestra
realidad inmediata sin miedo a sus consecuencias.
Como ya dijo Julianne Moore en la extraordinaria película
“Las Horas”, no hubo más disyuntiva que la vida o la noche eterna. Las pocas
fuerzas que quedaron se arrastraron la primera opción. Y así hasta hoy, gracias
a mi esfuerzo titánico. Dejé de caminar por Plutón y me trasladé a otra órbita,
destino al planeta Tierra, y dejarme seducir a su azul intenso.
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