MOSQUETA Y CALCETINES DE COLORES.

 


Ayer me contó mi amigo Agustín una anécdota extraordinaria. El gran Mario Moreno, más conocido “cantinflas” fue casi tragado por una tormenta cuando iba a dar un pregón en Cádiz por motivo del Carnaval chirigotero en el año cincuenta y tantos o sesenta. Desde un coche, tirado por esbeltos caballos jerezanos, saludaba a un público entregado, devolviéndole con aplausos, la cantidad de veces que les hizo reír, aunque no entendiéramos la mayor parte de sus diálogos.


Lejos de acobardarse, el acto se celebró, improvisando un discurso cuyo telón de fondo eran las inclemencias del agua, pues nunca llueve al gusto de todos. Peor aún, cuando el viento de levante hizo su aparición, amenazando trasladar a los presentes a otra comunidad autónoma. Ahora sí, a Cantinflas, le aconsejaron dar por finalizado su pregón.

Mi sorpresa fue mayor cuando mi amigo me desveló que los restos de Antonio Machín, el bolerista cubano, descansaban en Sevilla, junto a los de su mujer, natural de la ciudad.

Casi sin darse cuenta, va contando, entre sorbo y sorbo de su café manchado, historias que hacen agrandar mis ojos para retener todo, por si mi memoria no fuera suficiente.

Bajamos del autobús número 3 en la rotonda de los Casinos, y dejamos que nos engulla la Calle Larga. Vamos a paso lento porque la edad no perdona, pero él no se disgusta mucho de sus límites, pues él es hombre sereno, no le gustan las prisas, acostumbrado a hacer las cosas “en condiciones”, con buena letra y todo el mimo del mundo. Ahora, mucho más, que ya cumplió con su profesión y disfruta de una merecidísima jubilación.

Dejar de trabajar, no fue algo traumático, todo lo contrario. Lo festejó porque sabía que su vida no se iba a detener. Sus brazos no quedarían anudados a la espalda, sin otro quehacer que dar vueltas sin sentido por su barrio, matando el tiempo siguiendo el curso de las aves.

Mi amigo no mira el pasado, no es de nostalgias enfermizas. Es más, si le dieran la oportunidad de volver a empezar, él se negaría en rotundo. No habría mayor calvario que volver a la casilla de salida. Para él, cuenta el presente, el día de hoy y continuar su paso por la calle Larga. Sus gestas quedaron atrás, afortunadamente.

Esa calle es la principal de la ciudad. Sin duda la mejor. Es un desfile de transeúntes: unos llegan tarde al trabajo, otros caminan porque es la receta infalible para reducir los niveles de glucosa, los que más me fascinan son los señores y señoras que se deleitan con un café en alguna de sus numerosas terrazas. Personajes sacados de una alfombra roja, imitando a los antiguos señoritos y a sus cónyuges. Les gusta que los miren, posar su elegancia. Lo de tomar un café o una copa de fino es un señuelo, ellos forman parte de la belleza de la calle.

Agustín y yo somos muy discretos, pero no pasamos desapercibidos por la gran cantidad de gente que retienen a mi amigo, preguntando sobre su estado de salud o el de su señora, animándole a seguir echándole un pulso a la vida, pues con las distracciones, el dolor de huesos se va a otra parte. El siguiente tramo de la conversación va dirigido a mí, pues me han adjudicado el término “guardaespaldas” para el señor Don Agustín. No hay asociación mejor, no solo por mi tamaño y mi expresión de policía barbudo, sino también porque protegería la vida de mi amigo con la mía propia, si fuera necesario.

Él ya hace esa labor conmigo, insistiendo que haga un desayuno fuerte, o si el insomnio no me deja dormir insiste que apague el maldito móvil, etc. En realidad, ambos somos vulnerables, cada uno a su escala: mi amigo lucha con un físico quebradizo y yo con un espíritu, también frágil. Nos cuidamos mucho el uno con el otro,  porque aprendimos que la unión de generaciones nos hace invencibles.

Las carcajadas no cesaron esa mañana. Retornamos a nuestras quedadas tras el paréntesis de las fiestas navideñas. Coincidimos en hacernos entrega de un regalo que los Reyes de Oriente dejaron en nuestros domicilios. “Somos muy mayores para esto” pero estábamos seguros que lo ocultara los paquetes nos iba a emocionar. Las sonrisas y el pulso inquieto nos delataban.

Agustín me regaló unos calcetines multicolores a sabiendas que detesto mi uniforme blanco, un uniforme que insiste en hacer ver al mundo que tu acompañante está enfermo. Los calcetines dan un toque de alegría y suaviza mi dureza corpórea. Mis risas se sumaron a las suyas, cuando vio la mosqueta elegante que iba a coronar su cabeza, y que iba a hacer juego con su bastón.

Dos generaciones, una representando lo clásico con un bello sombrero inclinado, y la otra, con la modernidad que daban unos calcetines de colores. Hombres de épocas distintas pero que caminan al mismo paso.


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